Acódese a la barra, hermano,
y sumérjase confiado
en este humo denso
y ompadrón.
Bese el vidrio con insistencia,
hasta que vea sus miserias arder en el vaso de ferné;
y sus labios destilen los compases
de este tango que desde un rincón,
impregna la cuadra entera del Nacional. Olvídese nomás, de su infierno de ciudad,
que aquí la tiniebla es un encanto,
y sus penas y sus fatos, burbujean en el champán.
Y si le emocionan los susurros
y lo provocan los quejidos de esta criolla
en brazos de un amante cincuentón,
anímese amigo a las tablas,
atrévase con alguno de esos pares de piernas,
esos que derraman miel cuando resbalan.
Enamórese por un rato,
que no cuesta y no duele después,
este amor de vuelta de tango. Y si escuchó con pasión,
y hasta desafinado, cantó,
y si una cadera esponjosa,
ya le enseñó lo mejor,
es que usted ya la atrapó,
es que usted ya conoció,
del viejo puerto, la religión. Este, nuestro dogma porteño, sus héroes engominados y sus vírgenes atrevidas, sus acordes en las noches sucias y sus letras desnudas de rutina, de amarga cotidianeidad, de picardía engañada, de carne y humedad; mitos nuestros y robados, que se aburren en la nostalgia y se embriagan en “la catedral”.